Detrás del Atlas

 


VIAJE A NINGUNA PARTE...


Atravesar el Atlas es una de las grandes aventuras de Marruecos. Detrás de la  cordillera desaparecen los rastros de modernidad, y la cultura bereber se desenvuelve pausadamente, con un ritmo exótico y amable. 


El otro lado de la cordillera es realmente un territorio parado en el tiempo, con paisajes impresionantes y misteriosas ciudadelas medievales.









Saliendo de Marrakech hacia el Este, pronto empiezan las abruptas estribaciones del Atlas. La carretera serpentea dificultosamente por terreno árido y pedregoso hasta ascender a más de 2.000 metros. 











Circular detrás de los lentos camiones en esta larga subida puede resultar interminable. Se requiere paciencia y tranquilidad para admirar el hermoso paisaje montañoso que se despliega en cada curva. 








Los pueblos de la zona, de construcción simple y economía precaria, muestran una sorprendente armonía con la tierra que les rodea, básicamente por estar construidos de esta misma tierra.







Tras alcanzar el puerto de Tizin Tichka, a 2.260 mts., la carretera desciende hacia las llanuras del Antiatlas, una zona árida y pedregosa salpicada de oasis verdes donde crecen frondosos palmerales. 





Esta es la tierra de las Kasbahs, misteriosas ciudadelas medievales, con los muros de adobe levemente inclinados, que recuerdan vagamente a otras ciudades de Yemen y Oriente Medio. 





La kasbah de Ait Ben haddou es una de las más espectaculares, y está situada a la salida de las últimas estribaciones de la cordillera. La ciudadela de adobe, parcialmente habitada, se sitúa a orillas de un rio, al pie de una colina, en un paraje imponente.



El paisaje aquí tiene un aire bíblico, ideal para escenarios de época, como Lawrence de Arabia o las Mil y Una Noches de Passolini, que fueron parcialmente rodadas en estos lugares.




Unos kilómetros más abajo aparece Ouarzazate, la contraparte de Marrakech en el este del Atlas. Ouarzazate es la principal ciudad de esta región y tiene una impresionante kasbah amurallada, con altos edificios de adobe, de colores ocre y rojizo. Cosas de otros tiempos.













Tras dejar atrás Ouarzazate, la carretera discurre paralela a la cordillera, entre paisajes siempre fascinantes. Enormes palmerales serpentean entre riscos de piedra rojiza, y pequeños pueblos del mismo color parecen camuflarse en el entorno de piedra y palmeras. 























Varias gargantas y cañones cortan bruscamente las montañas, adentrándose en la cordillera. Las gargantas del Todra tienen grandes paredes verticales, entre las que discurre un pequeño río, que parece incapaz de haber erosionado las enormes moles de piedra que lo rodean.























Siguiendo en dirección nordeste, ya cerca de la frontera con Argelia, se llega a las dunas de Merzouga, una de las imágenes más características del desierto del Sahara.   También es cierto que ya empiezan a poblarse de turistas, pero al fondo todavía hay sitio...









Esta es la imagen clásica del desierto, el mito de la naturaleza infinita. Arena suavemente organizada en dunas gigantes. Camellos que atraviesan pacientemente la inmensidad dorada. La tierra de Dune. El vacío que permite el crecimiento de sueños, espejismos e ilusiones. 








Durante el dia, el calor, el viento y la arena penetran por cada resquicio, y las largas túnicas azules de los tuaregs son la única manera de protegerse de la agria naturaleza.

Por la noche, la temperatura baja bruscamente, y sólo queda el cielo estrellado e increíblemente brillante, conexión directa con las galaxias, y un té caliente al calor de la hoguera, antes de dormir plácidamente al aire libre, en un gran hotel de mil estrellas.  








Merzouga representa la llegada al final de la civilización, de las montañas y del mundo conocido. Más allá, solo queda el desierto...







Tiempo muerto,

reloj de arena,

vacío desierto

en duna llena. 









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